José Moreno Villa. Azares del destino

Pocos hombres ha dado la modernidad española de la talla de José Moreno Villa. Pocos ojos observaron y sondearon a su alrededor como los suyos. Pocos corazones amaron tan intensamente su profesión, a sus amigos, a su hijo, a aquella joven de ojos azules dictadora de sus curvas y a su tierra, de la que, muy a su pesar, murió alejado.

Vienes, hijito, cuando ya la luna
domina todo el cielo de mi vida.
Cuando suplanta el búho
al ruiseñor vivaz y tempranero. Vienes cuando tu padre
no sube ya los montes;
y prefiere, callado,
mirar cómo fue todo, cómo todo
se fue quedando atrás en el camino… (A mi hijo)

El destino fue conduciendo su vida con giros inesperados que lo encaminaron al arte, a la poesía, al amor, al desengaño, al dolor, a la esperanza, a la melancolía.

Uno de aquellos giros lo llevó en 1917 a la Residencia de Estudiantes de Madrid, entonces dirigida por su amigo Alberto Jiménez Fraud quien le ofreció sumarse al equipo docente. Allí se iniciaría en la pintura atraído por el cubismo y su capacidad para acabar con la deletérea sensualidad del impresionismo que tanto le irritaba. Allí buceó en las aguas del surrealismo, con sus metáforas visuales, sin poder desprenderse del todo de su vasto bagaje intelectual.

Pero fue su cercanía con los residentes, con Dalí, García Lorca, Emilio Prados o Luis Buñuel, entre otros, lo que renovó su visión del mundo y sus ilusiones en tal manera que sólo el estallido de la Guerra Civil consiguió apartarlo de aquel lugar donde las ansias por el estudio, el intercambio de ideas y la creatividad no tuvieron paragón en toda la Europa del momento.

No sabemos si de no aceptar aquella propuesta, Moreno Villa, en otro giro del destino, hubiera conocido a Florence, el gran amor que le pilló a contrapié, que revolucionó su vida, y una ruptura que hizo prosperar en él una de las épocas más fecundas en su pintura y sus versos.

Lo que sí sabemos es que ni la poesía ni el arte español del primer tercio del siglo XX hubieran sido lo mismo sin su hondura intelectual, sin el puente de su espíritu libre que permitió, a través de sus pinceles, la llegada a nuestro país de los controvertidos y renovadores lenguajes plásticos de las vanguardias.

Lo que sí sabemos es que murió añorando su tierra, aquella «fórmula archicompleta de su ser», aquella que «yace más allá del agua», aquella que nunca más sus ojos volverían a verla.

Yace tu tierra más allá del agua.
Nunca tus ojos volverán a verla. Ésa tu tierra —te dirán— es de polvo,
como todas las patrias del mundo.
Pero, no. Tu tierra es la fórmula
archicompleta de tu ser. Eres tú.
Eres tú quien quedó más allá de las aguas.
Nunca más te verás.
y no viéndote, no sabrás decir.
Y quien no dice es como llama muerta… (Tu tierra)

Rocío González

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