La casa barroca de Atarazanas

Dicen que sobre el espacio que ocupa, hubo un faro que orientaba a los barcos cuando el mar todavía cubría lo que hoy es la Alameda.

Enfrentada cara a cara con el monumental edificio del mercado central, se levanta una de las pocas casas barrocas que permanecen erguidas aún en nuestra ciudad. De hecho se la conoce como “la casa barroca de las Atarazanas” y está considerada como uno de los mejores ejemplos de la arquitectura civil malagueña de finales del siglo XVIII.

Su traza se atribuye a José Martín de Aldehuela, arquitecto turolense que llegó a Málaga en 1778, de la mano de su paisano, el obispo José Molina Lario. Ambos habían trabajado juntos en la ciudad de Cuenca, donde Aldehuela dejó atrás sus inicios como escultor y ensamblador de retablos, y se reveló como “creador portentoso de formas arquitectónicas”, en palabras de F. Chueca Goitia, siguiendo así la estela de Ventura Rodríguez.

Los muchos encargos arquitectónicos recibidos en Málaga –el acueducto de San Telmo, la iglesia de San Felipe, el Palacio Episcopal, la parte barroca de la catedral o el Palacio del Conde de Villalcázar- hicieron que Aldehuela se quedase para siempre en nuestra ciudad. Aunque cuentan que en realidad no quiso marchar de aquí para poder seguir oyendo el resto de su vida la música que salía de las cajas de los órganos de la catedral que él mismo había diseñado.

A finales del siglo XVIII, la prosperidad de Málaga comenzaba a despuntar gracias a la agricultura y ,sobre todo, a la creciente actividad del puerto impulsada por la Pragmática de Carlos III y su ministro José de Gálvez y Gallardo, marqués de la Sonora. En esos años, las autoridades de la ciudad habían abandonado ya la idea de convertir las Atarazanas en un cuartel militar y Gálvez decidió invertir en la transformación de la zona haciendo levantar esta casa barroca. Las rejas con sus iniciales en el patio interior dan testimonio de ello.

Aldehuela volcó en este edificio todo el orden y refinamiento aprehendidos de su maestro. Confirió a la fachada gran protagonismo, como los gustos y usos barrocos del momento acostumbraban, llenándola de movimiento. Así, va marcando los ritmos verticales y horizontales jugando con vanos y pilastras, con balcones y cierros de bella rejería, con ojos de buey… y con la ilusión  que engaña al ojo haciéndonos creer que cubrió algunas zonas con mármoles rojizos y grises. Sin grandilocuencias ni excesos, con serena elegancia.                                                                                                                                Un único capricho decorativo se concedió el turolense: la mixtilínea claraboya rococó que corona el portón de entrada, presidida por la figura de un ave de alas abiertas, así como motivos florales y vegetales.

Por todo ello, es esta casa barroca de las Atarazanas, merecedora de detenerse a contemplarla y traer al recuerdo a este maestro arquitecto que dejó su corazón en Málaga.

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