En los años de la Belle Epoque -finales del siglo XIX y principios del XX- estuvo muy de moda entre la alta sociedad realizar recreaciones de cuadros célebres a escala natural, con personas disfrazadas para la ocasión. Estas pinturas vivientes o tableaux vivants, como les llamaban los más remilgados, se solían organizar para recaudar fondos benéficos y en las composiciones tenían un especial protagonismo los miembros más jóvenes de cada familia. El recuerdo de uno de ellos cuelga hoy en el Museo de Málaga.
La historia de este post nos lleva a la la primavera de 1900, cuando el todo Madrid, realeza incluida, asistió a una fiesta benéfica en los salones de la Embajada de México. Fue sin duda una de las citas sociales de la temporada, una celebración en la que los invitados recorrieron las diferentes estancias para contemplar cómo ante sus ojos cobraban vida cuadros como La merienda de Goya, la Infanta Isabel Clara Eugenia de Pantoja o el Duque de Lemos, de Sánchez Coelho.
En el éxito de la convocatoria fue fundamental la iniciativa de dos malagueños que tuvieron mucho que decir en los círculos culturales del Madrid de entonces. Se trataba, por un lado, de la promotora de la fiesta, Trinidad von Scholtz, futura duquesa de Parcent y en aquel entonces casada con el diplomático mexicano Manuel de Yturbe. Juntos formaron una de las más interesantes y glamurosas de la época. Entusiastas mecenas y coleccionistas, en el recorte de prensa que reproducimos aquí podemos ver a la hija de ambos, Piedita Yturbe, recreando a la Infanta María Teresa de Velázquez.

Doble página publicada en abril de 1900 en la revista ‘Ilustración Española y Americana’. Fuente: Biblioteca Nacional de España
Los lujosos salones de los Yturbe acogían regularmente tertulias y encuentros con lo más granado de la sociedad del cambio de siglo. Y para su fiesta de tableaux vivants, doña Trinidad quiso contar con la ayuda de otro malagueño, el pintor José Moreno Carbonero, que ejerció como director artístico de los cuadros vivientes, llegando incluso a idear una estructura con forma de abanico gigante, por el que se asomaban damas vestidas a la japonesa y que vemos en la parte central del recorte de prensa.
Y no quiso Moreno Carbonero que su hijo Pepito se perdiera la fiesta, de modo que incluyó una composición en la que el niño recreaba el retrato del príncipe Baltasar Carlos de Velázquez. Lo vemos tanto en el recorte de prensa (debajo a la derecha), como en algunas fotografías que se han conservado y que nosotras encontramos en este interesante artículo de Ignacio Miguéliz sobre tableaux vivants.

El príncipe Baltasar Carlos, de Velázquez (1635). Museo del Prado

Fotografía del cuadro viviente, con Pepito Moreno como protagonista (1900). Fuente: https://www.munencasa.es/tableau-vivant/
Al malagueño le debió de gustar especialmente el resultado del cuadro viviente de su hijo, pues dos años más tarde, con un Pepito más crecido, trasladó la escena a un gran lienzo que hoy podemos ver en el Museo de Málaga, en la sala dedicada a Moreno Carbonero.
«Retrato del hijo del artista, Pepito» suele llamar la atención de los visitantes del Museo, sobre todo de los niños, porque la pose y el desparpajo de su protagonista nos invitan a querer saber más sobre él.
A nosotras nos gusta porque nos habla de lo lejos que llegó José Moreno Carbonero en su carrera artística. Él, que había nacido en el popular barrio de El Perchel, consiguió a base de talento y de esfuerzo llegar a ser uno de los artistas más reconocidos de su tiempo. El que su hijo fuera invitado a participar en estas fiestas de la alta sociedad probablemente le hacía sentir orgulloso y qué mejor manera de demostrarlo que haciendo lo que mejor se le deba: pintarlo en un gran cuadro.
Ana González, 17 junio 2025


