La contramaniera española

El seiscientos español fue, sin duda alguna, un periodo de esplendor artístico y cultural como no se había conocido, en el marco de una monarquía, la de los Habsburgo, que -hasta esos momentos- era considerada la más poderosa y hegemónica del mundo.

Esa España, que ya experimentaba en sus carnes la crisis y la debilidad, era, como decía el propio Gaspar de Guzmán, conde-duque de Olivares, un buque que se hundía y que quizá en un último gran esfuerzo por mantenerse a flote, decidió alinearse con Roma y enarbolar la bandera de defensores de la fe frente a la ya imparable Reforma de Lutero.

La contramaniera, que en Trento elaboró la Iglesia Católica de forma meditada y ponderada para contrarrestar los efectos reformistas, tuvo como gran ariete el uso de las imágenes. Aquellas imágenes que las nuevas escisiones religiosas rechazaban y que representaban a los santos, mártires y vírgenes que estas negaban como mediadores entre Dios y los hombres.

En el barroco español del XVII, esa contramaniera se materializó en un afán por representar la santidad a través de modelos cercanos, capaces de conmover y conectar emocionalmente con el espectador; trabajados con un realismo y naturalismo tales que a veces rayaban la crudeza. Revestidos, además, de una gran severidad.

San Pablo ermitaño o Pablo de Tebas es quizá una de las obras que mejor resuma todo esto. Pintado por un Ribera en plena madurez, resulta difícil sustraerse a sus efectos. Al magnetismo de su rostro vetusto y vulgar, de ese cuerpo enjuto y famélico castigado por el ayuno.

Sus nudosos pies y sus deformadas rodillas, sus huesudas manos y su arrugado torso, descritos magistralmente por Ribera, nos recuerdan que en el Barroco el cuerpo humano sigue interesando a los artistas. Aunque ya no son los cuerpos de idealizada belleza desnuda que veíamos en el Renacimiento, sino los de la misma vida que pasa con sus dolores y decrepitud dejando huella.

Ribera tampoco olvida asirse en esta obra al gran tema del barroco español, la certeza de la muerte. Memento mori es la frase que parece intermediar entre las cuencas vacías de la calavera y los ojos del santo bajo una frente contraída por la meditación, palabras que se escapan entre los dedos de unas manos que, aunque encallecidas y torpes, buscan acercar a Dios a su pecho. Tempus irreparabile fugit, meditaba Virgilio. Vigilad y estad atentos, porque nadie conoce ni el día ni la hora, recoge Mateo en el capítulo 25 de su Evangelio.

Esta obra puede verse en Málaga en la exposición Fieramente humanos. Retratos de santidad barroca, que acoge el Museo Carmen Thyssen hasta mediados de febrero y a la que estamos organizando una serie de visitas guiadas sobre las que puedes informarte haciendo click aquí.

Rocío González

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