Preparar una exposición para hacer las visitas guiadas requiere -al menos por mi parte- muchas horas, días, semanas de trabajo: investigar y documentar, observar en sala, memorizar, seleccionar y trazar un itinerario…
Para Fantasía árabe, la exposición temporal del Museo Carmen Thyssen Málaga que estuvo abierta al público del 12 de octubre de 2019 al 1 de marzo de 2020, el proceso fue el mismo aunque, esta vez, el contacto con la obra de uno de mis artistas preferidos, Mariano Fortuny, lo hizo más interesante. No recuerdo una exposición en Málaga que haya reunido tantas obras del pintor catalán y de tanta calidad. De ahí mi entusiasmo. Y sólo el poder observar de cerca una obra como El vendedor de tapices bien merece una visita. Como dijera al contemplarla Théophile Gautier: «en Fortuny las acuarelas equiparan en calidad a los óleos».

Para ello se apoyaba en su absoluto dominio del dibujo y en unos certeros toques de guache que enfatizaban el color donde él lo estimaba necesario. Pocas cosas dejaba al azar en sus composiciones, que analizaba concienzudamente.
Siempre me pareció que Fortuny estaba prodigiosamente dotado para el arte, que en él se unen inteligencia y elegancia. Una técnica sobresaliente, un espíritu inquieto y un gusto exquisito tanto para la confección de la escena como para el tratamiento de los personajes, así como de los objetos y sus cualidades. Todo ello hizo del catalán el pintor más verista de entre los que trabajaron el orientalismo, aun cuando –como en el caso de El vendedor de tapices— fuera una composición inventada.

Ilustración de Oeuvres choisies de Fortuny. París, Goupil, 1875
Sus estancias en Granada, pero sobre todo, en el norte de África le hicieron crecer como artista. Gracias a ellas, sus obras ganaron en luz, color y soltura alejándolo de las premisas nazarenas en las que se había formado de la mano de Claudio Lorenzale. Fortuny descubrió allí lo que los impresionistas elevarían a la categoría de revolución justo el año que él fallecía: la importancia de la luz como elemento de expresión. Al incidir sobre los objetos, modula sus formas y los sitúa en el espacio.
Su prematura muerte a los 36 años nos privó de la madurez de una progresión sorprendente en la que, en muchos aspectos, Fortuny se adelantó a su tiempo y su obra quedó detenida en la libertad y belleza absolutas de las obras de Portici.
Contemplar casi una veintena de sus obras de temática orientalista –entre acuarelas, dibujos y óleos– dialogando con otras de amigos y admiradores como José Tapiró, Tomás Moragas, Joaquin Agrasot, Antonio Fabrés, José Villegas o Enrique Simonet junto a las de los franceses Delacroix, Bloislecomte o Benjamin Constant, hacen que esta exposición bien merezca esas horas, días, semanas… de preparación.
